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Los artistas crean y transmiten sus emociones a través de esculturas y cuadros con resultados impredecibles. Los ingenieros resuelven los problemas empleando parámetros y herramientas conocidas, con un resultado previsible. Los arquitectos hemos de conocer ambas maneras de trabajar para que nuestros diseños sean útiles a la sociedad, trátese de una ciudad, un edificio o una silla.


Los arquitectos han de encontrar el equilibrio exacto entre tradición y modernidad ya que trabajan para la sociedad actual pero con un carácter visionario, contribuyendo al bienestar de todos.
Los arquitectos de algún modo son aventureros, ya que el diseño es una de las mayores aventuras que se pueden emprender en la vida. Se toman caminos que uno nunca sabe a dónde lo van a llevar.


Se trata de un proceso en el que el recorrido es tan importante e intenso como el resultado final. Los arquitectos han de trabajar entre la innovación y la técnica, siendo la innovación el terreno de lo desconocido y la técnica el de lo conocido.


Los arquitectos deben ejercer con precisión, ya que han de satisfacer las necesidades de la sociedad, sus clientes y los usuarios. Han de estar a la altura de los requerimientos, tanto funcionales como estéticos. Tienen que desarrollar proyectos de calidad tanto artística como técnica.


Sobre los arquitectos pesa una gran responsabilidad, ya que la configuración de las ciudades, de los edificios y de los objetos tiene una influencia determinante en la forma en que la sociedad se relaciona, se comporta, actúa.


La profesión de los arquitectos es muy exigente; trabajan en el filo de la navaja, no tienen margen de error a la hora de diseñar; si se equivocan la sociedad se verá obligada a “tener que vivir” con ese “gran error” durante años y años.


Los arquitectos son un mundo aparte; son impredecibles y previsibles al mismo tiempo. Son profesionales que siempre luchan por sus ideales y valores.